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La increíble historia de Summer Monro solo puede comer nuggets y papas

La historia de Summer Monro y su ARFID muestra cómo una joven sobrevivió décadas con una dieta de nuggets y papas, revelando un trastorno alimentario poco conocido.
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La historia de Summer Monro y su ARFID la lleva a sobrevivir solo con nuggets y papas fritas.

Hay historias de vida que, al ser contadas, no solo sorprenden por su rareza sino que también obligan a replantear nuestra comprensión de la relación humana con la comida, el cuerpo y la mente. La historia de Summer Monro es una de esas que desafía las expectativas y nos hace mirar de frente una condición que muchas personas aún desconocen: el trastorno de evitación o restricción de la ingesta de alimentos, conocido como ARFID. Esta condición no es capricho, ni una moda social, ni una historia inventada para viralizarse; es una realidad que afecta la vida cotidiana de quienes la padecen y de quienes los rodean.

Summer tiene veintitantos años y vive en Cambridge, Reino Unido. Ella nunca ha sido una “comelona” convencional, pero lo que la hace diferente no es que le gusten más unas comidas que otras: es que desde que tiene memoria, no ha podido, ni siquiera por un momento, consumir frutas o verduras. No es que no le “guste” probarlas; según relata, la sola idea de comer una fruta o verdura le provoca una reacción física negativa que va más allá de un simple desagrado.

Esta historia no comienza con ella deseando comer solo snacks o comida rápida. Según Summer, su relación con la comida cambió drásticamente alrededor de los tres años de edad, cuando la obligaron a probar puré de papa, un alimento que desde entonces se convirtió en el detonante de su rechazo alimentario. Ese momento, aparentemente trivial para muchos padres, marcó un punto de inflexión en su relación con la comida. En lugar de desarrollar una dieta variada y equilibrada, la vida de Summer tomó un rumbo diferente.

Con el paso de los años, el repertorio alimentario de Summer se fue reduciendo hasta prácticamente desaparecer. Actualmente, sus comidas se basan casi en su totalidad en nuggets de pollo y papas fritas crujientes. Prefiere la textura crocante y uniforme de estos alimentos frente a cualquier otra cosa, y evita por completo frutas y verduras sin importar su sabor o preparación. Su dieta diaria incluye “seis u ocho nuggets de pollo de la marca Birds Eye” y, en ocasiones, papas fritas o snacks similares.

Lo que hace esta historia aún más sorprendente es que, a pesar de una dieta tan restringida, Summer asegura que sus análisis de sangre han arrojado resultados normales y que no presenta condiciones médicas graves, aunque sí admite que experimenta una falta de energía constante debido a la carencia de nutrientes esenciales que un cuerpo humano típico requiere.

Este patrón alimentario extremo tiene un nombre clínico reconocido: ARFID, las siglas en inglés de Avoidant/Restrictive Food Intake Disorder, o en español, trastorno de evitación o restricción de la ingesta de alimentos, un trastorno alimentario identificado y definido en los manuales médicos desde 2013.

Este trastorno se caracteriza por una evitación persistente de ciertos alimentos, no motivada por el deseo de perder peso ni por preocupaciones estéticas, como ocurre en la anorexia o la bulimia. En lugar de eso, las personas con ARFID experimentan rechazo, miedo o disgusto hacia alimentos específicos por factores como la textura, el olor, el sabor o incluso recuerdos traumáticos asociados a ciertos alimentos.

En el caso de Summer, este rechazo no solo es una preferencia alimentaria exagerada, sino una reacción visceral que llega a manifestarse como sensaciones físicas desagradables, incapacitantes e incluso incapaces de ser superadas mediante terapia convencional o hipnosis. Ella ha intentado, en varias ocasiones, someterse a tratamientos terapéuticos y sesione de hipnosis con la esperanza de superar su rechazo, pero hasta el momento, no ha habido cambios significativos en su comportamiento alimentario.

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Además, lo que para muchos podría sonar como una vida marcada por raras elecciones alimentarias, en realidad encierra una complejidad emocional significativa. Comer es, para la mayoría, un acto social y sensorial que va acompañado de texturas, aromas y experiencias con otras personas. Para alguien con ARFID, estos mismos actos pueden convertirse en fuente de ansiedad, estrés y frustración, al punto que incluso salir a restaurantes implica enfrentar decisiones dolorosas: elegir solo aquello que se siente “seguro” para consumir o, en ocasiones, simplemente no comer nada y vivir con el peso de la incomodidad social que esto supone.

La historia de Summer también toca una dimensión profundamente humana de apoyo y comprensión. Su pareja, Dean, ha sido descrito como un pilar de apoyo emocional en su vida. Él cocina comidas diferentes a las de ella, respeta sus límites y comparte la vida con una persona cuyos desafíos cotidianos incluyen la necesidad de planificar cuidadosamente cada comida o interacción social que implique alimentación. Esta coexistencia de diferencias alimentarias refuerza que los vínculos humanos pueden trascender las barreras físicas y psicológicas que muchas veces acompañan a los trastornos alimentarios.

a historia de Summer y su ARFID nos recuerda algo esencial: la comida no es solo nutrición, sino una experiencia profunda, ligada a emociones, recuerdos y sensaciones que pueden influir en cómo cada persona se relaciona con su cuerpo y el mundo. En el caso de ARFID, esta relación se complica porque el cerebro y el cuerpo interpretan la comida como algo amenazante o peligroso, desencadenando mecanismos de evitación que son difíciles de revertir.

Desde la perspectiva médica, el ARFID es considerado un trastorno serio porque puede provocar consecuencias nutricionales importantes, incluyendo deficiencias de nutrientes, fatiga crónica, afectación de la calidad de vida y limitaciones en las relaciones sociales. A diferencia de la anorexia o bulimia, no está ligado a una preocupación por la figura ni por la estética corporal, lo que en muchos casos lleva a que su detección y diagnóstico sean más tardíos o pasen desapercibidos tanto por profesionales como por familiares.

Muchas personas con ARFID describen sensaciones físicas intensas, como náuseas o malestar ante la simple idea de probar ciertos alimentos, o una falta total de atracción por comidas variadas. Este rechazo no es una elección ni un simple gusto personal: es una barrera sensorial que altera su vida diaria.

En muchos casos, comprender el ARFID implica aceptar que no basta con “querer comer” o desear superar la evitación, sino reconocer que hay conexiones profundas entre la percepción sensorial, la memoria emocional y las respuestas físicas que condicionan este comportamiento extremo. En algunos pacientes, la evolución del trastorno puede estar relacionada con eventos tempranos, como experiencias negativas o traumáticas con ciertos alimentos, desencadenando un patrón restrictivo que persiste a lo largo de los años.

La historia de Summer Monro es, sin duda, impactante y difícil de ignorar. Al ver cómo alguien puede sobrevivir a base de nuggets de pollo y papas fritas durante más de dos décadas, nos obligamos a reconsiderar nuestras propias concepciones sobre la comida, la mente y la relación que desarrollamos con el alimento desde la infancia.

Pero más allá de la superficie, esta historia nos invita a mirar con compasión a quienes enfrentan desafíos alimentarios reales, complejos y profundamente humanos, y a entender que detrás de cada plato vacío o menú limitado hay una vida con su propio ritmo, sus dificultades y su resiliencia ante condiciones que pocos comprenden completamente.

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